Ambientada en la Italia fascista, entre 1941 y 1943, la novela cuenta la historia de un grupo de prisioneros atípicos. Son, como el título lo indica, los chinos que vivían por aquellos años en la Península Itálica. Confinados en los Abruzos, al pie del Gran Sasso, viven una vida casi ajena a la locura de la guerra. Resisten, a fuerza de mutismo, de mansedumbre, de extrañeza, el yugo burocrático y cruel de la Italia de Mussolini. Este impreciso centenar de hombres, sujeto al absurdo de las decisiones del totalitarismo, transitan esos años trabajando la tierra, en silencio, ejerciendo una milenaria resignación. O quizá, el intento de esa resignación. Luego el grupo se dispersa y la Historia los olvidará, porque hay sucesos más importantes en la fundación de la República de Saló. En un momento, se intentará convertir al catolicismo a estos hombres; en otro, en una especie de milicia maltrecha, cansada y silente. En ambos casos el resultado es la huella de una tentativa fracasada. Una huella que hasta este libro no aparecía en la literatura, acaso extraviada en los registros históricos.
Estos hombres estuvieron exiliados en su propio exilio, presos en praderas que no los entendían, en una guerra que no los odiaba ni los precisaba. Finalmente los Chinos de la Península resultan muy poco considerados por enemigos más ocupados en sitiar capitales que en decidir qué hacer con aquellos hombres de extraña serenidad.
Así como los prisioneros son atípicos, la novela misma es insondable. Hay que recorrer largas páginas para encontrar el primer personaje. La acción es escasa, el ritmo es análogo a lo que describe: el confinamiento. El lenguaje remite a ciertos libros de Historia y al influjo de autores como Mujica Láinez o García Márquez. Plagada de especulaciones, de observaciones laterales, de descripciones geográficas entreveradas con estados subjetivos, resulta un verdadero desafío para un lector paciente y un escollo grande como el Sasso para uno inteligente. © LA GACETA
Estos hombres estuvieron exiliados en su propio exilio, presos en praderas que no los entendían, en una guerra que no los odiaba ni los precisaba. Finalmente los Chinos de la Península resultan muy poco considerados por enemigos más ocupados en sitiar capitales que en decidir qué hacer con aquellos hombres de extraña serenidad.
Así como los prisioneros son atípicos, la novela misma es insondable. Hay que recorrer largas páginas para encontrar el primer personaje. La acción es escasa, el ritmo es análogo a lo que describe: el confinamiento. El lenguaje remite a ciertos libros de Historia y al influjo de autores como Mujica Láinez o García Márquez. Plagada de especulaciones, de observaciones laterales, de descripciones geográficas entreveradas con estados subjetivos, resulta un verdadero desafío para un lector paciente y un escollo grande como el Sasso para uno inteligente. © LA GACETA